Por muchos años hemos estados dedicados a preparar todo, hermosear, esperarlos y recibirlos. También en otoño.

El otoño llega y el camino solo con la senda angosta se cubre de rojos frutos de crataeus y el carrito guardián se queda sin visitas.   

Este otoño es diferente. Es un otoño amarillo donde el silencio canta por todos lados. Entre los pájaros y la brisa que deshoja los fresnos, mientras el sol sigue radiante a toda hora.

Con los gritos desesperados de la gallineta entrerriana de la tarde, el ipacaá, que antes de ir a dormir se dan un bañito prolijo en las aguas limpias de la piscina.

Hacemos todo lo cotidiano, ventilar, cortar el pasto, arreglar el jardín, empezar a preparar la leña temprano, rotar la huerta, cosechar zapallos y limones mientras los zorzales y los teros nos siguen a ver si la pala o el tractor deja algún manjar a su alcance.

 

En silencio volverán los azafranes, tras la mirada asombrada y perdida del caballo tobiano y manso del vecino que extraña las manzanas de los niños de los ranchos.

 

Y también en silencio floreció el pequeño estanque de totoras y nenúfares y espera su puentecito para que las ranas y el cururú  y su amigo Manuel se paseen.

 

El lugar es demasiado grande para tanto silencio de la naturaleza que habla y brilla.

Pero aquí estamos. Con la sonrisa de siempre esperando que el silencio se calle y vuelvan los murmullos compartidos y amables en este espacio que sólo cobra sentido cuando la naturaleza canta junto a ustedes.

Jorge y Mariana

 

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